Audi Alteram Partem
"Un hombre solo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo cuando ha de ayudarle a levantarse" (Johnny Welch)
He escuchado a la otra parte. La he leído, principalmente.
No me toca juzgar porque soy uno de los involucrados. Entre muchos, muchísimos otros.
Pero sí creo que ya es momento.
Pasaron dos semanas y siento la imperiosa necesidad de opinar del MundialAlgoritmosCampañaAntiArgentinaVARgentinaInfantinoRonceroPérezReverteEspañaPiersMorganInglaterraMalvinasFóclansChiringuitoRosalíaPeriodismoProfesionalInfluencersIntelectualesSamuelJacksonBardemRedesSocialesGOATYAlgúnQueOtroLatino…
No, sobre el argentino no. Para eso están los demás, ¿no? Así se enriquece el debate, si algo aún le faltase.
Escribiré sobre lo digital, obviamente, que para eso me creo con cierta autoridad.
Pero también de lo sencillo que les resulta a algunas personas pontificar, “mirando a los demás hacia abajo”, creyendo que ni siquiera merecen respeto.
Seres anónimos, claro está, pero principalmente profesionales célebres e intelectuales que deciden cavar estando en un pozo -a conciencia y estudiadamente-, teniendo tan cerca la escalera de las disculpas.
De hecho, fue esto último lo que me decidió a volver aquí.
Escribiré entonces sobre animales con acceso a la tecnología -porque “en Internet nadie sabe que eres un perro”- y sobre profesionales que dictan clases de moral subidos a un pedestal, como en aquella famosa viñeta de Quino con el padre de Mafalda en la playa.
También, por supuesto, hablaré sobre las emociones, el fútbol, las pasiones patrióticas/patrioteras, y la mala educación en un mundo cada vez más crispado.
Y de lo fácil que parece ser encerrar a la gente en una burbuja.
Los Algoritmos y las Burbujas Digitales
Hace menos de cuatro años (nos soplaron medio año de festejo, ¿no?) me pasó algo inesperado.
Algo que tocó tanto mis fibras íntimas que aún hoy me emociona.
Cada 18 de Diciembre lo recuerdo. Y al cumplirse el primer año, incluso, lo destaqué en este Newsletter de ritmo cada vez más cansino.
Una Montaña Rusa de Emociones, eso fue Catar 2022.
Justo en esas fechas tan familiares, quedamos listos para festejar con aquel insólito árbol hecho de bolas de Navidad de hinchas argentinos.
Y como estas últimas semanas nos pasó lo mismo, pero en otro país y con otras edades, es que mis reflexiones ahora son diferentes.
Se mezclan también con una mirada distinta sobre el presente, en este mundo al que veo cada vez más complicado, por izquierda, derecha y centro. Nervioso. Intolerante. De péndulos estirados para ambos lados, a punto de cortar los hilos que los sostienen.
¡Que todo es culpa de los algoritmos y las burbujas digitales, hombre! ¡Que esto antes no pasaba!
Claro, claro, si, si. Si, claro.
Es fácil meterse en una burbuja digital. Alcanza con anteponer las emociones delante de la razón.
Y si algo tiene el deporte competitivo es eso: emoción, pasión, pasión, emoción. Que la razón mejor la dejo en un cajón un rato y la vengo a buscar después. O no. Depende del resultado.
El resto lo hacen los algoritmos y los creadores de contenidos que se benefician económicamente con y por las plataformas. Y el ego. No olvidemos el ego.
Esa misma Inteligencia Artificial a la que le regalamos todos nuestros datos (y los que no le regalamos, los consigue igual y sin permiso), es la que nos conoce y predice nuestro comportamiento impecablemente.
Esa misma IA predictiva, otra vez digo, es la que busca y nos presenta más de lo mismo, para que no nos vayamos de sus plataformas digitales.
¿Cómo que hace 1 hora que estoy aquí metido viendo videítos?
¡Que ese gol y aquel patadón ya los vi 10 veces, con 3 tiros de cámara diferentes y 5 relatos distintos!
Y como si no alcanzara con la producción real y algo costosa (en dinero o tiempo), justo en este lapso inter-Mundiales le agregamos la sintética y generativa.
Fácil slop consumidor de miles de litros de agua (fake), donde cada vez es más difícil separar lo genuino de lo artificial.
No. #Niquieroimaginar2030.
Quizás los mismos dirigentes terminen de arruinarlo, quien sabe.
Para saber entrar, hay que saber salir
Entrar es fácil, ya se ha estudiado hasta el hartazgo.
Cantos de Sirena, para estar a tono con la película del momento.
La magia está en saber salir, ya lo dijo Menotti en los ‘80s.
Darse cuenta de que estamos infoxicados y que, como con cualquier otro vicio, la solución empieza por uno mismo.
Autoconciencia y sanación.
A veces se sale responsablemente de la adicción electrónica.
La etapa de abstinencia es dura: toca silenciar palabras, dejar el teléfono a un costado, no consumir, distraerse. Volver a la vida real.
Otras veces la abstinencia provoca espasmos, enojos, recaídas.
No hay una fórmula. Sobre todo si uno debe usar esas mismas herramientas por cuestiones de trabajo. Cada vez más. Todos.
Solo queda, en ese caso, empujar al algoritmo a otro espacio, aquella otra burbuja donde nos conviene meternos, al menos temporalmente.
No es un ejercicio intelectual sofisticado, porque las plataformas se han vuelto bastante obvias y previsibles.
El problema es no darse cuenta.
En algunos casos, peor aún, el problema es que el problema no lo provocan lojalgorítmoj.
Y, de hecho, fue esto último lo que me decidió a volver aquí.
La Responsabilidad Profesional y otras Burbujas
Mi burbuja fue X. Ahí llegaba incluso lo que se producía en otros lugares. Era mi puerta de entrada a todo lo bueno y todo lo malo.
A través de esa plataforma no solamente pasaban por mi timeline algorítmico los obvios “perros de Internet” (manipulados por algún Team Jorge, una plataforma de apuestas deportivas o por nadie). Esos eran fácilmente detectables, inocuos al fin.
Ahí estaban presentes también los intelectuales, las “celebridades” y los profesionales del periodismo, la cultura y la comunicación.
Algunas personas que, sostengo y opino, deberían tener otra responsabilidad, precisamente por la profesión que llevan adelante.
Su obligación es saber en qué mundo estamos viviendo y ponderar la información desplegada con su opinión, sus sesgos y criterios.
Mesura y ética profesional.
No pasó.
Esos mismos que se desgarran las vestiduras si se sienten atacados y buscan solidaridad social y gremial, fueron los más incendiarios.
Como Tomás Roncero, sub-director del Diario As. Como Piers Morgan, periodista y presentador estrella de la TV británica. O todo El Chiringuito de Jugones en su conjunto (con sus argentinos a cuesta).
Esos que ladraban sus sesgos son los mismos que ni siquiera reconocen su parte principal de responsabilidad en la caída irreversible de la credibilidad en medios y profesión.
La culpa, obviamente, es “de las redes y lojalgorítmoj”. ¿De quién más, acaso?
De hecho, fue todo esto último lo que me decidió a volver aquí.
Cierta detestable sociedad argentina
Yo, por mi parte, creo haber sido bastante responsable y medido en mis opiniones. Mi feed está a su disposición.
Hasta que dije basta.
Hasta que sentí que me tomaban por tonto.
Hasta que me sentí insultado.
Mi límite entre la emoción y la razón.
¿Que quién empezó primero? No lo sé. ¿Adán y Eva? ¿Importa acaso si te dicen tramposo, racista, criminal, fascista o te quieren empaquetar con otros y engañar con medias verdades u opiniones enmascaradas dentro de supuesta (y falsa) información? No un perro en Internet. Un medio. Un profesional. Una celebridad. Irresponsables.
Un médico debe tener licencia para ejercer. Un periodista debe tener ética para opinar. Lo primero es punible. Lo segundo solía pasar por el filtro de la auto-regulación. Ya no. Ya no hay filtro, digo.
Debería primar la mesura de saber que todo lo que se escribe en plataformas digitales y medios… QUEDA. Y lo que queda, trasciende.
¡Que todo es culpa de los algoritmos y las burbujas digitales, hombre! ¡Que esto antes no pasaba!
Siempre pasó, ¿sabes? La única diferencia es que antes de que existieran las plataformas digitales, uno se conformaba con protestar en una charla de café con amigos, o insultar apuntando a la radio o la TV. O tirando el periódico al piso. Algunos, tal vez y si el enojo persistía, enviaban una carta al correo de lectores, sabiendo que era improbable que su misiva se publicara a la vista de otros.
Ahora no. Ahora se puede responder, “arrobar”. Y los que creen que la culpa es del medio y no del contenido, los que culpan “a las redes y los algoritmos”, son aquellos a los que les toca enojarse.
O indignarse, como aquella editora que parecía no entender que una de las personas más poderosas del mundo le espetara como respuesta que a ella podían odiarla tanto o más que a él. ¿¿How dare you??
Y fue, finalmente, esto último lo que me decidió a volver aquí: sobre todo y tristemente, la opinión de un periodista y escritor a quien admiro.
O admiraba, porque leo que aún después del enojo espontáneo, aún en momentos posteriores de reflexión, decidió seguir cavando el pozo, en vez de subirse a la escalera que se apoyaba a su lado.
Decidí responderle a uno de los aduladores que lo rodean, porque siempre hay alguien que lo quiere interpretar para los demás, como si fuéramos tontos que no estamos a la altura de sus intelectos.
Dejo entonces aquí mi respuesta a quien dice odiar a la Argentina, aunque sea solo por un día. A quien cree que nos hizo un favor insultando “sólo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”.
Porque en esto creo, reflexivamente:
Es increíble que la intelectualidad se aleje así de un sentimiento compartido por muchos. Muchísimos.
Una pena que decidan cavar estando en un pozo, teniendo tan cerca la escalera de las disculpas.
Lo lamento doblemente porque el domingo del partido les decía a amigos y familia argentina, mientras nos enojábamos con ‘los Tomásroncero y Piersmorgan de la vida’, que yo era Team Banderas/Pérez Reverte.
Al día siguiente solo quedó el primero… unos días después me alegré de poder agregar a Rosalía.
Es triste, lamentable. No comprende que todos entendimos su post, y que denostar despiadadamente a un grupo humano que tanta alegría nos dio, demuestra lo poco que entiende a los argentinos, aun después de tanto tiempo que pasó entre nosotros.
Si el día anterior hubiera criticado al niño, al padre y al reportero, mientras expresaba su cariño por los argentinos, muchos habríamos coincidido.
Vomitar su enojo en momentos de tristeza argentina es lo que lo condenó. Y lo seguirá haciendo mientras no lo entienda.
Conoce cómo funcionan las redes como para saber que no se debe escribir en caliente si no se quieren respuestas igual de calientes.
Auto exculparse y creer que “dentro de unos meses nadie recordará aquella final ni aquellos mensajes” refuerza lo poco que nos entiende.
Hubiera sido más sano un “perdón, fui un calentón” que malgastar 12.000 caracteres de autocomplacencia y relatos históricos de viajes y amigos, nombres propios y lugares.
Se dejó olvidado su post provocador del día siguiente, que también entendimos. Por supuesto que no hablaba de él mismo, sino del otro. Siempre la culpa es del otro. El artículo del sábado no deja lugar a la doble interpretación.
Porque deberían saber que los argentinos nos podemos enojar fácilmente si nos insultan y nos ofenden, pero también sabemos perdonar rápido si nos piden disculpas.
Un café, un asado, ¡y a otra cosa!
Un Final para la Final
Sostengo que no existe evento tan grande, poderoso, convocante, unificador y divisivo a la vez, como el Mundial de Fútbol.
Difícil describirlo, casi imposible buscar un parangón. No es siquiera solo en la categoría deportiva, que los Juegos Olímpicos no le llegan ni a la cintura. Incluyo aquí a cualquier otro tipo de suceso, planeado o espontáneo, que intente abarcar y despertar pasiones en tanta gente a la vez en todo el mundo.
Nada. Ninguno.
Y entonces, aquello que en algún momento se le permitía al periodismo deportivo, de ser picante y provocador, o a las celebridades y miembros de la cultura, que creen que su opinión debe ser escuchada por encima de la del resto, ya se debería ir terminando, porque estamos viviendo en un mundo completamente diferente.
¿Merecía Argentina ganar el Mundial? ¡Que no, hombre, que no! Bien merecido campeón. El mejor del torneo.
¿Merecíamos otro respeto durante toda la Copa y una Final diferente? Por supuesto. Y de hecho, de algún modo, fue también lo que me decidió a volver aquí.
Por todo el grupo humano. Por lo deportivo y lo que nos dejó aún más allá.
Por el GOAT, figura aún a sus 39 años.
Pero, por sobre todo, lo merecimos y lo merecieron por las emociones que nos regalaron este año, así como en 2022.
Esas emociones que pude compartir con mi familia.
Por las lágrimas de alegría y de tristeza de mi hijo menor, niño allá, adolescente acá, aunque suene extraño al leerlo.1
La frase que acompaña al título se le atribuyó falsamente a Gabriel García Márquez.
Como todo en este emocional ensayo, tiene y no tiene que ver con Internet, con los algoritmos y las personas.
Dice el artículo del Centro Gabo que fue “uno de los primeros bulos literarios atribuidos a Gabriel García Márquez en la era del internet”.
El pobre Gabo, enfermo y todo, decidió (o lo decidieron a) salir a despegarse de eso.
No fue generoso, sin embargo, cuando lo desmintió: “Quiero decirles que estoy vivo y que lo único que me podría matar es que digan que yo escribí algo tan cursi”.
En fin…
Al menos yo no sé qué es cursi y qué no.
Creo que esa es una definición muy personal. Y que nadie, ni siquiera un Premio Nobel, puede decretar una verdad unitaria.
A mi me parece un texto simple, es cierto, pero que me ha hecho aflorar emociones, del mismo modo en que me han aburrido muchos otros textos de laureados escritores y poetas. Valoro eso. Valoro la frase que destaqué al principio.
Relata la nota que luego hubo un encuentro, y quizás algo se quebró en García Márquez, porque le propuso: “me parece tan bello como tú dices el poema que no digamos que es tuyo para que sigan creyendo que es mío”.
Tal vez no, a lo mejor siguió siendo poco generoso y se siguió burlando (no tan) sutilmente.
Me quedo con lo primero y elijo creer, porque asimismo parece una disculpa.
Momentos de enojo que quedan registrados. Momentos de arrepentimiento que, por suerte, también.
Eso, mi querido lector, no hay dinero que lo pague. No lo entenderías (salvo que seas argentino, claro).




