Cuando mis hijos mayores tenían alrededor de 3 y 5 años (hace 30) decidimos comprar una PC “para la familia”.
Era un clon, por supuesto, de esos que se ensamblaban en “el” negocio de electrónica de la ciudad: gabinete vertical con diskettera y lector de CD, teclado, monitor CTR, mouse. Creo que parlantes. Lo ubicamos en la zona de diario, al lado del aparador donde guardábamos “la vajilla fina”, en uno de esos muebles sencillos y baratos que se armaban para tales fines.
No recuerdo bien porqué hicimos eso. No teníamos una necesidad concreta para la informática hogareña. No era lo usual a mediados de los ‘90, me parece. Tal vez fue por moda, quizás por intriga. Yo trabajaba en informática (mainframes y mini computadoras) y telecomunicaciones. Ella no.
Sí tengo presente, en mi nublada memoria de tanto tiempo atrás, que incluso un par de años después contratamos el servicio dial-up de Internet que acababa de lanzarse en la ciudad de los suburbios de Buenos Aires donde siempre vivió mi familia.
Me acuerdo que pocos meses después pedimos cancelar la suscripción, y así fue como me enteré que uno de los socios del emprendimiento era un antiguo compañero del colegio secundario, que me llamó para intentar convencerme de que me quedara. Imaginen la precariedad de aquellos momentos.
Le dije con total honestidad que no lo usábamos, que no me daba una idea de para qué podía sernos útil.
Me habló del email, de páginas web, de bulletin boards. De eso estoy seguro.
No pudo convencernos, nada de aquello resonaba imprescindible en nuestras cabezas.
Si no hago mal las cuentas, cerca de 1 año después me convertí en el CTO de la empresa de Internet del Grupo Clarín en Argentina.
Juro que fue así. Esos han sido mis antecedentes personales y profesionales, mis incoherencias. Y tengo peores.
Una cosa es el trabajo, otra la vida personal.
Una cuestión es la empresa, otra el consumidor.
“¿Por qué voy a querer llegar a casa y ser más productivo? Quiero sentarme en el sofá y mirar Reels”, les contaba en el ensayo anterior que decía Ben Thompson hace pocos días.
Dicho sea de paso, aquel querido compañero de bachillerato se fue a vivir a la Patagonia y tiene un emprendimiento de cerveza artesanal. Uno para un lado, otro para el otro. Uno p’adentro, el otro p’afuera.
Esta larga introducción tiene otra arista que para mi es más destacable en el contexto de este relato, la razón verdadera por la que me fui tan atrás en mis recuerdos, por algo que sí me quedó muy grabado:
Poco después de tener la PC, llevé a casa un diskette (pirateado, supongo, ¿qué más?) con juegos sencillos para niños pequeños.
Al principio, la madre estaba preocupada. Eran muy chicos, ¿cómo iban a usarlos? Podían dañar la PC, romper los periféricos. Debíamos enseñarles, cuidarlos, quedarnos con ellos mientras los usaban. No sabían aún leer ni escribir, o quizás apenas.
Le propuse que solamente se ocupara de encenderles la PC y abrirles la ventana de los juegos. Que luego los dejara solos. Que no les explicara nada. A ver qué pasaba.
No, yo tampoco lo sabía, a decir verdad, pero imaginaba qué podía suceder: tomaban el mouse, clickeaban en algún ícono y se ponían a jugar o experimentar dentro de la ventana del juego que fuera. A puro mouse. Intuitivo.
¡Magia!
O tal vez no: Principio de Planck.
Fast-Forward
Cerca de 20 años más tarde, una mañana de sábado estaba remoloneando en la cama con mi hijo más pequeño de esta nueva generación, de 2 o 3 años en esa época.
Estos recuerdos son más cercanos, aún más vivos: había puesto el canal de cable Nickelodeon en la TV del dormitorio y juntos veíamos Bob Esponja.
Tuve que levantarme unos minutos, y mi hijo me pidió que antes de irme retrocediera el video para poder verlo desde el principio.
¡Shock!
- Yo: no, principito, esto no es Youtube. No se puede retroceder, estás viendo la TV.
- Niñito incrédulo: ¡pero quiero verlo de nuevo desde el principio!
- Yo: es que no se puede, mi amor. Espérame, ya vuelvo y seguimos mirando.
- Niñito frustrado: ¡¡¡BUAAAHHHH!!! (juro que se puso a llorar)
- Yo: ¡¡mamáaaaaa, vení que tengo una urgencia!!
¿Se puede decir Principio de Planck -1 ?
De Generaciones y Degeneraciones

Cada generación con su estilo de consumo.
Cada uno con su tecnología preferida, la que le hace más sentido, la que consideran propia.
Aquella que saben usar sin preguntar. La que creen intuitiva.
Generación y Degeneración. Conviviendo en la misma época. Transiciones.
Algunas tecnologías desaparecen, así, sin más.
Otras se degeneran en un lento declive hacia la obsolescencia, como afirmaba Tom Fishburne hace más de 10 años.
Aunque suene ilógico, quienes están liderando esta revolución tecnológica acelerada de la Inteligencia Artificial también dudan. A veces genuinamente. Otras tantas de modo elíptico, postural, para seguir llevando agua para su molino.
Quizás por eso, a Sam Altman, fundador de OpenAI, aún hoy le sorprenden los hábitos de las personas, que prefieran quedarse en su zona de confort. En una entrevista de esta semana afirmaba:
“Me equivoqué en algunas cosas, pero una de ellas, en cuanto a la velocidad, es que la economía tiene mucha inercia. La gente sigue haciendo lo mismo. Siguen comprando a la misma empresa. Siguen queriendo usar sus herramientas de la misma manera. Creo que, en muchos sentidos, es positivo y hará que esta gran transición que tenemos por delante sea más fluida y lenta. Lo agradezco. Pero creo que significa que todos hemos sido demasiado ambiciosos con los plazos, incluso con esta tecnología increíble. Creo que la IA es una de las tecnologías más increíbles que la humanidad ha inventado. La sociedad y la economía se adaptarán más lentamente.”
El mismo Ben Thompson lo analizaba en su artículo de ayer, Autonomy and Innovation, dedicándolo principalmente al mundo empresarial, el del software como servicios y los agentes de IA como gran amenaza.
Aquel de las empresas establecidas que no tienen margen de maniobra para equivocarse, que apenas pueden realizar pequeñas innovaciones no muy sustanciales, mientras que las grandes disrupciones quedarán siempre en manos de los nuevos emprendedores que no tienen nada que perder.
Mi mirada de hoy apunta principalmente al mercado de consumo, pero no puedo dejar de recomendar esta lectura y destacar su cierre:
Creo que esto demuestra la increíble capacidad de la IA, que se está preparando para ser ambas cosas (NdR: innovación sostenible y disruptiva). Actualmente, la IA ofrece enormes beneficios en términos de productividad; para la mayoría de los trabajadores del conocimiento, aprovechar esos beneficios es una cuestión de iniciativa, pero para los desarrolladores de software en particular, se está convirtiendo cada vez más en una necesidad.
Sin embargo, esa distinción entre agencia y necesidad es importante: si el aprovechamiento de una tecnología depende de que los humanos la comprendan, su penetración estará limitada por la creatividad y la asunción de riesgos humanas. Estos límites serán muy marcados en cualquier empresa consolidada, ya que el cálculo de riesgos estará sesgado hacia la minimización de los inconvenientes. Estos cálculos harán que la IA sea sostenible, pero nada más.
La creatividad humana y la asunción de riesgos en el contexto de una startup, sin embargo, operan con un perfil de riesgo completamente diferente. Para las startups, el fracaso es el escenario base; esto significa que cualquier cosa que aumente la probabilidad de éxito tiene un valor esperado positivo, lo que implica que apostar por la IA solo traerá beneficios. En otras palabras, las startups serán los ciberdelincuentes que no tendrán nada que perder automatizando todo; serán las empresas establecidas a las que atacarán las que estarán tan preocupadas por perder lo que tienen que mantendrán a los humanos en un círculo vicioso durante demasiado tiempo.
Las mismas herramientas, diferentes incentivos y, a muy largo plazo, resultados muy diferentes.
Esta misma conclusión aplica a las personas como consumidores, y explica porqué seguimos comprando a la misma empresa y seguimos queriendo usar las herramientas de la misma manera.
Como afirmaba Max Planck para otro contexto, una nueva tecnología (“verdad científica”) no triunfa porque convenza a sus consumidores (“oponentes”) y les haga ver la luz, sino porque estos acaban muriendo y crece una nueva generación familiarizada con ella.
La misma relación entre empresa incumbente y startup, innovación sostenible y disruptiva, verdad científica y oponentes, da explicación a las variaciones en el mercado de consumo masivo y a los tiempos de maduración que necesita una nueva herramienta para consolidarse.
Si el aprovechamiento de una tecnología depende de que los humanos la comprendan, su penetración estará limitada por la creatividad y la asunción de riesgos humanas.
Es, finalmente, una cuestión generacional. Aquello a lo que nos acostumbramos, persiste. Todo lo nuevo nos impacta, nos cuestiona, nos obliga a asumir algún que otro riesgo.
El ser humano es un animal de costumbres, mal que nos pese.
El riesgo lo tomarán las generaciones siguientes, aquellas que nacieron familiarizadas con eso, las que no le temen.
Por eso las innovaciones disruptivas en tecnología tienen curvas de adopción dramáticamente empinadas cuando logran generar momento, pero también largos períodos iniciales decepcionantes donde casi nada pasa. Mucho ruido y pocas nueces. Burbujas y escaleras.
La cuestión de fondo la propuso también Ben Thompson y la destacaba en mi ensayo anterior:
La pregunta ya no es solamente hasta dónde puede llegar la IA.
Quizás también deberíamos preguntarnos:
¿Quién va a capturar realmente el valor cuando lleguemos allí?
Hay mucho nervio y aceleración. Adopciones tempranas y cambios generacionales. Monetizaciones tardías que empiezan a multiplicarse exponencialmente y mucho dinero en juego. Política y economía.
Lo peor del caso es que no podemos desensillar hasta que aclare, porque nadie espera a los rezagados.
PS: ¡Aura! Lo aprendí hace poco de aquel niñito frustrado que se convirtió en un adolescente típico que, por lo menos, no “farmea”. Pero sí pregunta: “¿Mamá, qué tal mi aura?”. Solo eso, quería decirlo.


